Mi 2015 comenzó con A Most Violent Year, de J.C. Chandor, y terminó con Tangerine, de Sean Baker. Ambas
estadounidenses. Ambas son el tercer largometraje (en solitario) de sus
directores. Y ambas representan bien el cine que se hace en Hollywood y en sus
márgenes. Chandor filma con los rostros más conocidos del sistema —Jessica Chastain, Oscar Isaac…—;
Baker, con actores no profesionales. Chandor está a punto de convertirse en uno
de los grandes nombres de la industria; Baker, en una de las figuras más
sobresalientes del cine independiente. Ambos tienen talento, pero Baker está un
paso adelante. Grabó su película con un teléfono móvil y lo usó de manera
fascinante: la intensidad de Sin-Dee-Rella, la protagonista, no decae nunca. La
cinta es una montaña rusa junto a personajes que no se parecen a nadie en el
cine. Y lo mejor es que a pesar de la violencia y el descontrol los personajes
son justos entre ellos: el gesto final de Alexandra, la mejor amiga de
Sin-Dee-Rella, es hermoso. Además, la escena de la felación en el autolavado es
una buena alegoría del acto sexual.
Tangerine es una de las mejores películas estadounidenses del
2015, pero está al margen de una industria que lo domina todo.
Hollywood y Cannes controlan el cine. Son los altares
de la industria del entretenimiento y del cine de autor, respectivamente. Pero
no son siempre el epicentro del mejor cine.
Mi película favorita del 2015 es en realidad del 2013.
Norte, el final de la historia, de
Lav Diaz, se estrenó en Cannes hace
dos años y se programó en las salas de cine francesas durante el último
noviembre. Es una película de un poco más de cuatro horas, duración necesaria
para el desarrollo de los personajes: al final uno tiene la sensación de que
ellos exigían ese tiempo. No tengo la misma percepción con todo el cine del
filipino: Florentina Hubaldo dura
seis horas pero la cinta no se sostiene siempre. Norte, en cambio, lo hace sin problemas. La caminata al precipicio
es una de las mejores secuencias del 2015. Una madre decide acabar con todo,
con su vida y con las de sus dos hijos. El trávelin diagonal que sigue el
desplazamiento de los personajes es soberbio. Todo funciona bien en esta
película donde cada momento está bien contado. Me fascina cómo Diaz controla
las partes más dramáticas y embellece aquellas que a simple vista son más
anecdóticas.
Otra de mis favoritas es Hill of freedom, de Hong sang-soo. Este surcoreano rueda como
nadie. Se podría decir que viene haciendo la misma película desde hace un rato,
pero su dominio del lenguaje cinematográfico le permite llegar siempre un poco
más allá. Hill of freedom está
contada (o leída: es epistolar) de manera fragmentada, por pedazos
desordenados. El punto fuerte del director radica en su manía de narrar
historias ligeras (y de grabarlas del mismo modo) que develan con honestidad la
manera en que hombres y mujeres nos relacionamos.
Al igual que Diaz y Hong sang-soo, otro asiático que
forma parte de los pesos pesados del cine contemporáneo es el tailandés Apichatpong
Weerasethakul. Cementery of splendour es
una delicia de principio a fin. Cada imagen de esta película (y de su cine en
general) me hace sentir bien. Nunca estoy tan bien como cuando veo sus
películas. En esta última, la visita al palacio que ya no existe es una
secuencia brillante. El cine también está en la palabra. Y en el tiempo que
pasa: en el cine de Weerasethakul las acciones de sus personajes parecen
captadas en tiempo real, el tiempo exacto que toma un hombre en defecar y otro,
en tener una erección.
Los franceses no se quedaron atrás. El mejor director
francés vivo (y mi favorito en la historia del cine), Philippe Garrel, estrenó L’ombre des femmes. Es el Garrel de
siempre: en blanco y negro y obsesionado por las historias de amor que duelen.
Esta vez nadie se suicida. Esta vez los amantes se reencuentran al final.
Garrel envejece, se endulza, pero sigue teniendo esa capacidad casi quirúrgica
de entender las relaciones de pareja.
El otro francés es Desplechin. Trois souvenirs de ma jeunesse es
una formidable precuela de Comment je me
suis disputé… (una de las
películas de mi vida). Encontrar otra vez, y en pantalla grande, a Paul Dedalus
fue un lujo: Mathieu Almaric es el Jean-Pierre Léaud del cine francés actual. Trois souvenirs… es una película en tres
partes: la primera parece un cuento; la segunda, un thriller; y la tercera, el
centro del filme, un relato de iniciación que contiene lo mejor de la escritura
del director.
La mejor comedia del cine francés del 2015 es una ópera prima. No sólo uno se ríe con Le nouveau, de Rudi Rosenberg, sino que también se aprecia la
existencia de personajes adolescentes tan bien trazados, de personajes entrañables.
De nuevo el cine estadounidense. Carol, de Todd Haynes, e Inherent
Vice, de Paul Thomas Anderson, son las últimas dos grandes películas nacidas
en el seno de la industria hollywoodense. Olvídense de Los Oscar y de Iñarritu,
el buen cine no será premiado el 28 de febrero. Carol parece salida de los 50, de las imágenes suntuosas de Douglas
Sirk. En los primeros minutos, las manos de dos personajes se posan en los
hombres de Therese. Una de ellas corresponde a la de Carol. El gesto de
Therese, encarnada por Ronny Mara, al saberse tocada, resume perfectamente este
púdico relato romántico. Y una vez el acto sexual practicado, la cámara de
Haynes recorre los cuerpos de sus heroínas para aterrizar en sus manos, unas
manos entrelazadas que parecen contener el secreto de toda una pasión.
Cada película de Paul Thomas Anderson es
irreprochable. Cada plano está tan bien hecho y ensamblado que es difícil no
apreciar su cine. En Inherent Vice adaptó
el mundo monstruoso de Thomas Pynchon. Y lo hizo con algunas de sus imágenes más
bellas hasta ahora. El director de The
Master demuestra que el maestro es él.
Mis 20 favoritas.
Norte, el final de la historia, de Lav Diaz.
Hill of freedom, de Hong sang-soo.
Cementery of splendour, de Apichatpong Weerasethakul.
L’ombre des femmes,
de Philippe Garrel.
La sapienza, de Eugène Green.
Trois souvenirs de ma
jeunesse, de Arnaud Desplechin.
Carol,
de Todd Haynes.
Nuits blanches sur la
jetée, de Paul Vecchiali.
Inherent Vice,
de Paul Thomas Anderson.
Las mil y una noches, parte III, de Miguel Gomes.
Comme un avion,
de Bruno Podalydès.
Le nouveau,
de Rudi Rosenberg.
Mia Madre,
de Nanni Moretti.
Phoenix,
de Christian Petzold.
Tangerine,
de Sean Baker.
A la folie,
de Wang Bing.
L'Etage du dessous,
de Radu Muntean.
Taxi Téhéran,
de Jafar Panahi.
The Other Side, de Roberto Minervini.
Quand je ne dors pas,
de Tommy Weber.

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